domingo, 29 de abril de 2012

Max Beckmann: Un palacio para los dioses.

Max Beckmann, pintor expresionista alemán, (Leipzig, 12 de Febrero de 1884-Nueva York, 27 de Diciembre de 1950). Huérfano de padre desde los 10 años, y de madre apenas superada la veintena, tuvo en estas dolorosas experiencias unas crudas raíces que marcarían la temática de su obra a lo largo de los días. Rechazada su solicitud de ingreso en la Escuela de Bellas Artes de Dresde, probó suerte en la de Weimar, comenzando su formación académica en 1900. Al poco tiempo, emigra a París donde entra en contacto con la genialidad creativa de los grandes, viéndose influido por impresionistas entre los que cabe resaltar a Edgar Degas, Claude Monet o Paul Cézanne.

En esta primera etapa destacó su pintura Pequeña escena de la muerte (1906), centrada en la pérdida de su madre y con la muerte como trasfondo personal. Casado con su prometida Minna Tube, desde la celebración de la boda hasta el comienzo de la I Guerra Mundial, su carrera estuvo dirigida hacia un intento claro por perpetuar la denominada pintura histórica. Aunque los diversos intentos fallidos por revitalizar dicha temática, como pone de manifiesto su ambicioso trabajo El hundimiento del Titanic (1912), fueron del todo improductivos, en cuanto a reconocimiento crítico se refiere. De esta manera la propuesta destinada a plasmar, a modo de alegoría,  el devenir catastrófico en la sociedad actual, no pasó en ningún momento a ser más que considerada por los analistas, como una obra vacía y de escasa validez argumental.

En otro sentido, el comienzo de la Gran Guerra en 1914 supondrá un punto de inflexión determinante en la trayectoria del pintor. Enrolado voluntariamente en las tropas, decide participar de manera activa en el proceso y ser como afirmaba: "testigo directo de la barbarie humana que representaba la conflagración". Pero el desarrollo del conflicto y el aumento del horror en las trincheras, pasó de ser una experiencia vital y necesaria para configurar su arte, a representar el peor de los enemigos en un hombre que colapsado física y psíquicamente por la impactante realidad, tuvo que ser dado de baja como soldado a mediados de 1915.

Tras el abandono militar, sus intereses giran alrededor del individuo y el entorno socio-económico que lo rodea, en unos cuadros siempre al margen de posicionamientos políticos, ideológicos y orientados a no renunciar de su función estética, tal y como hicieron compañeros suyos en el grupo de La Nueva Objetividad: Otto Dix, Georges Grosz y Conrad Felixmüller.
Asentado en Francfort hasta principios de los años veinte, en la producción de esta etapa destacaron obras como su famosa La noche (1919) o El embarcadero de hierro (1922), donde se puede apreciar una evolución en su técnica pictórica, presente en la pérdida progresiva de alegría en los colores y en la deformación de las figuras.
Posteriormente, en la década de los treinta el ascenso al poder del nazismo, significó que su arte fuera catalogado como degenerado y en consecuencia sufriera un expolio sistemático por parte del gobierno. Razones fundamentales para iniciar un exilio hacia Amsterdam, ciudad holandesa que a finales de los cuarenta (1947) decidió abandonar para establecerse definitivamente en EEUU, donde fallecería pocos años después.
Como curiosidad, es preciso resaltar el elevado número de autorretratos presentes en sus realizaciones.

Gran escena de la muerte, 1906.

Hundimiento del Titanic, 1912.

Autorretrato con bufanda roja, 1917.

La noche, 1919.

Autorretrato con copa de champagñe, 1919.

Embarcadero de hierro, 1922.

Mañana, 1946.

Autorretrato con chaqueta azul, 1950.

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